Siempre es complicado enfrentarse a una hoja en blanco. Te asusta el no saber cómo rellenarla, te asusta el espacio en blanco que tienes por delante. Sientes que escribes y escribes, y el espacio no se reduce en absolutamente en nada. Intentas alargar tus ideas, profundizarlas, tratas de que cada nueva palabra que escribes agregue un nuevo matiz a un tema que ya está más que explicado, pero que quizás podrías volver a tocar con la última intención de, justamente, hacer que ese espacio en blanco ya empiece a desaparecer.

Es bien tonto el hecho de temerle a una hoja en blanco, pero increíblemente pasa más seguido de lo que parece, y es más, no sólo en el ámbito literario. Cuántas veces no hemos sido víctimas de la procrastinación o de la flojera porque simplemente vemos un espacio en blanco gigante que tiene como título “conclusiones” o “ensayo sobre mis vacaciones”? estoy más que seguro que más de una persona que lea esto se sentirá también identificado con esas palabras. De hecho, esta es una especie de meta-crítica, ya que el mismo hecho de escribir este artículo pasó por ese mismo proceso de temor al espacio en blanco que el editor de texto de turno estaba proveyendo. Pero así como las ideas, una vez que se piensan, una vez que te pones a escribir, difícil dejarlo.

Pero como mencioné antes, los espacios en blanco no sólo aparecen en los textos. Son parte importantes de nuestras vidas. Muchas veces estamos rodeados de ocio, de tiempo libre esperando ser explotado de alguna manera. Ese es nuestro espacio en blanco. Otras veces estamos en frente de algo desconocido, o de decisiones importantes en nuestras vidas, o recién enfrentándonos a un desafío el cual no tiene ninguna pista de cómo terminará: esos también son espacios en blanco, hojas vacías esperando ser escritas. Y paradójicamente tienen un proceso similar al que mencionaba hace un párrafo atrás: ves el espacio, te atemoriza, pero tarde o temprano empiezas a escribir. Así también podemos empezar a escribir nuestras vidas. De a poco, al principio lucirá como si cada uno de tus pequeños esfuerzos no son capaces de tapar el espacio en blanco, pero el ritmo es algo que es posible adquirir, y con una buena idea, o un tema qué desarrollar… se puede escribir y escribir sin parar. Quizás la hoja tendrá títulos como “mi futuro profesional” o “mi pareja”, pero como en todos los relatos, solo es el primer paso el que cuesta dar. La capacidad creativa de cada persona bastará para rellenar de detalles y de ideas cada uno de los espacios en blanco que tenemos. El punto es justamente comenzar. Si seguimos con miedo a escribir nuestras vidas, o nuestros destinos si se prefiere ver de ese modo, siempre habrá espacios en blanco, e indudablemente nos sentiremos vacíos. La insatisfacción provocada por haber dejado espacios en blanco en nuestras vidas es enorme, y lamentablemente hay veces que el tiempo se encarga de que sea imposible rellenar espacios del pasado. En esos casos ya no queda más que resignarse a su pérdida y seguir adelante con el siguiente espacio!

Entonces, ¿estás dispuesto a llenar tus espacios en blanco? ¿Estás dispuesto a escribir tu futuro?