Si estuvieras aquí, simplemente te sonreiría. Te sonreiría con la misma sinceridad que siempre has utilizado al sonreírme a mí. Un juego de miradas, de mimos mutuos. Un juego que ya hemos jugado y que hemos logrado dominar. Deseo sentir tu cuerpo en el mío. Deseo abrazarte, reconfortarte con ese abrazo, y hacerte sentir feliz. No quiero que estos abrazos sólo se queden en deseos. Por eso, tomándote de la cintura, una vez más te vuelvo a sonreír.

La manera en la que tu cuerpo calza perfecto en mis brazos es simplemente maravillosa. La calidez de tu piel hace que todos mis sentidos se inunden y desee estar aún más cerca de ti. La manera en la que tomas mi espalda y la acercas a tu piel me encanta, me provoca, me incita a sentir cada rincón de tu piel con mis manos, mis labios, mi propia piel. No puedes negarlo. Tus latidos se aceleran con mi presencia. Y aunque desees escapar es tu propio cuerpo el que desea estar junto al mío. Los nervios te traicionan y te quedas paralizada, presa del momento, presa del captor que se prepara a disfrutar de su presa. Sin embargo, tus ojos dicen que así lo deseas. Deseas ser la presa esta noche, deseas que tu piel sea el banquete… La adrenalina te llena por dentro y el impulso de tocar mis labios te hace besarme sin siquiera pensar en una razón. Después de todo, ¿Acaso debería haber una?

El sentir tus labios en mis propios labios no hace más que incrementar el deseo. Sentir cómo tu boca se comienza a abrir deja mi mente en ascuas, olvidando todo sentido común para así entregarme al ciego placer que tu lengua es capaz de proporcionarme. ¿No sientes cómo mis latidos se agitan por tus besos? Salgo al encuentro de tu lengua. Traviesa e intensa, desesperada por ser satisfecha.  Sigo el ritmo de tus movimientos, me agito y me detengo para descubrir qué deseas. Lo único que descubro es que no deseas parar. Tu lengua ha hablado sin emitir sonido, tu cuerpo me ha hablado en un lenguaje íntimo, intenso,  y por qué no, perfectamente delicioso.