Hace unos diez años atrás, todo comenzó. Recuerdo cómo la chica que en ese momento, era mi amiga más cercana, se sorprendió de sobremanera cuando le confesé que me gustaba, y que me encantaría estar junto a ella como algo más que amigos. A veces las cosas pasan sin darnos cuenta, a veces las cosas simplemente suceden de una manera que nosotros jamás terminamos de comprender. Jamás imaginé que aquel momento sería el comienzo de una transformación en mi vida.

Creo que tuve suerte de haberle confesado lo que sentía. Las cosas no funcionaron como yo quería, no fui correspondido. Sin embargo, la profundidad de nuestras conversaciones era algo que lo hacía aún más especial por el simple hecho de que ambos teníamos 14 o 15 años. En ese momento fue cuando por primera vez sentí que no era para nada de malo demostrar lo que tu sentías, fuese o no correspondido. Me propuse empezar a sentir con intensidad, a vivir la vida a concho sin que fuese limitado por las opiniones de los demás.

Lo que vino fue simplemente hermoso.

Con uno de mis mejores amigos decidimos entrar a un taller de cine y video. Si bien el presupuesto era pequeño, y nosotros no éramos más que estudiantes de secundaria, empezamos a soñar con la idea de poder materializar nuestras ideas e historias en cintas magnéticas que después podríamos ver y recordar. Vaya que funcionó. Nunca fuimos demasiado exitosos en nuestros cortometrajes pero sin embargo, el orgullo que sentimos al finalizar nuestro primer cortometraje, doble traición, era más que suficiente para sentirse satisfecho. Me encantaba sentir que aunque fuésemos estudiantes de secundaria teníamos el poder de hacer cosas que hasta pocos meses antes parecían imposibles de realizar a ese nivel.

Y siempre el mismo pensamiento volvía a mi mente: “vaya que afortunado soy! Jamás imaginé que podría vivir este tipo de experiencias!”

Algunos años pasan y veo como mi grupo curso se divide al cambiarnos de cursos de acuerdo a nuestras pretensiones futuras. Como pensaba en ingeniería, seguí por el plan de especialización en física. Fue genial. Y es que nuevamente, si bien al principio parecía triste separarse de esos compañeros con los que pasaste casi toda una vida juntos, la verdad es que nuevamente la vida me preparaba hermosas sorpresas. Y esas sorpresas fueron los innumerables momentos que pasé juntos a las increíbles personas que conocí en ese nuevo grupo curso. Personas que al igual que yo soñábamos en grande, en hacer cosas más allá de lo que acostumbraban hacer los chicos a mi edad, pero sin presionarnos ni estresarnos. Todo era un juego. Así, el team Foca nacía y con él un montón de recuerdos que hasta el día de hoy nos acompañan. Es genial darse cuenta que si bien han pasado unos 8 años de aquel entonces, la amistades conseguidas en esa época siguen igual de fuertes.  Todos hemos cambiado y hemos seguido caminos diferentes, sin embargo nuestros recuerdos junto a electroveja o a los movimientos pélvicos nos seguirán siempre.

Nuevamente sentía que era capaz de hacer lo que quisiera, pero aún me limitaba el hecho de no tener nada. Nada porque siempre mis padres fueron de pocos recursos, y mis hermanas que recién comenzaban a ser profesionales, tenían también sus propias obligaciones. Sin embargo, una nueva escena surrealista sucede en mi vida. En mi casa no se solía comprar el periódico. Pero se compró en la semana justa, del mes justo, del año justo. Aparecía un aviso para becas que ofrecía la empresa más grande de la ciudad en la que vivía, con la promesa de pagar toda la universidad si es que la obtenías.

Y la obtuve. Y estudié gratis durante los 6 años que tomaba mi carrera.

Un momento muy lindo fue al final, cuando tuve que volver a la empresa a dar mi experiencia con respecto a la beca. El contarles mi historia de cómo conseguí tanto sin haber empezado con nada, hizo que incluso la relacionadora pública de la empresa terminara emocionada hasta las lágrimas, por el simple hecho de que le demostraba que los sueños eran posibles si es que te lo proponías con suficientes ganas. El orgullo y felicidad que me proporcionaba ese momento me hacía sentir la persona más afortunada de todas.

La universidad, si bien consistió en un proceso muy largo, fue también un proceso muy lindo. Muchos momentos sentía cómo me quedaba sin recuerdos, sin experiencias, justamente porque tenía tanto que hacer y poco tiempo para poder disfrutar con amigos. Pero nuevamente, todo sucedía por algo. Y si bien hubieron momentos muy duros, de trasnoches infinitos y de cursos reprobados, gracias a los amigos incondicionales, a esos compañeros que luchan por un mismo fin que aquel por el que tu luchas, pude aguantar y conseguir notas suficientemente buenas para incluso dar un salto más allá y postular a un plan de post-grado. Sí, aquel mismo chico que sin tener nada entró a una de las mejores universidades del país a estudiar gratis la carrera que él quería. Pero debo reconocer que no di ese salto por mi propia cuenta. Fue porque tenía un apoyo gigante de gente que me quería a mi alrededor: familia, amigos, pareja. Y especialmente fue mi pareja de ese entonces quien sin saberlo aportó con una de las motivaciones más grandes que he recibido en mi vida para hacer lo que yo quisiese: esta vez, no importa no tener nada. No importa de dónde vienes, no importa lo poco que puedas poseer, sean cosas materiales o sean también conocimientos. Si de verdad quieres ser el mejor, lo puedes ser. No será gratis ni fácil, pero si lo deseas, lo puedes. Con convicciones así de fuertes comencé con el plan de master.

Sin embargo, una de las experiencias más surrealistas estaría por suceder.

Por el año 2011 me enteré de que la beca de residencia, que me permitía vivir cerca del campus durante el tiempo de clases, se terminaba de manera irrevocable ya que había cumplido con el plazo máximo de uso de cinco años. Mi hermana, quien también estudió en la misma universidad que me acogió a mí, siempre tuvo como sueño el volver al cerro donde pasó sus mejores años de juventud. Casi como una broma, ella me escribe “y si compro un departamento cerca de la universidad? Así tu puedes vivir en él y te encargas de arrendar los otros dormitorios”.

Jamás pensé que hablaba en serio. En menos de una semana, ya estaba firmando el compromiso de compra.

Nuevamente, una escena surrealista estaba sucediendo. De no pasar nada a tener demasiado. Y es que no me refiero al hecho de que tuviera un lugar donde vivir, sino que además fue el inicio de lo que serían mis mejores años en la universidad, años que incluso no se hablaron sólo en español.

La tarea de arrendar los dormitorios del recientemente adquirido departamento fue en un principio preocupante. El tener que vivir con gente desconocida y que además tuviese que encontrarle al principio fue motivo de preocupación. Sin embargo una idea, de esas que parecen locuras, surge y se decide publicar un aviso del departamento en la oficina de asuntos internacionales de la universidad. En ese momento mi ex novia bromea con la idea, diciendo lo imposible que era que una chica extranjera llegara a vivir sola con un latino. Su sorpresa fue mayúscula cuando terminé viviendo con dos chicas extranjeras, que sí querían vivir con un latino.

La cantidad de recuerdos de ese año es impresionante. Fiestas, paisajes, y muchos nuevos amigos. Sentir que el mundo es más pequeño de lo que crees, y que aunque seas de un país en vías de desarrollo tienes mucho qué entregar, hizo sentir que los límites eran cada vez más pequeños. Podía entablar una conversación con una persona de algún país que jamás había visitado, y sin embargo teníamos mucho en común. Tanto así, que una de esas chicas que venían de otras tierras llegó a transformarse en alguien muy especial para mí. Las fronteras simplemente se eliminaron y sin darnos cuenta estábamos envueltos en una historia llena de momentos surrealistas, con una ciudad igual de surrealista como lo es Valparaíso. Más que nunca, llegué a amar a esa ciudad. Es el mejor escenario para crear una historia, un cuento de hadas. Y aunque hubo una despedida, la promesa de que sería un hasta pronto en vez de un adiós, calmó aquel momento que hasta ahora recuerdo como uno de los más tristes de mi vida.

Mirar hacia atrás es algo que suelo hacer de vez en cuando. No para añorar los viejos recuerdos, sino que para ver qué tanto he subido desde la última vez que miré hacia atrás. Es increíble la vista que he conseguido. Me parece increíble cómo los pequeños detalles que pasan invisibles en su momento se transforman en verdaderos puntos de inflexión para el futuro. Es impresionante notar lo poco lineal que puede ser tu vida si eres capaz de dar pequeños saltos de fe de vez en cuando. Y es que contando con el apoyo de tanta gente especial a mi alrededor, he sido capaz de dar saltos gigantes que me han llevado cada vez más y más lejos. Tan lejos como la ingeniería, tan lejos como el master, tan lejos como incluso ser asistente de investigación en una universidad extranjera. Motivado entre el deseo de volver a ver a la chica que tantos momentos felices me había entregado, el mejorar el inglés que había demostrado ser insuficiente para entablar una conversación fluida y la constante promoción que tanto jefes y colegas hacían del plantel californiano al que me interesaba asistir,  postulé a la beca que me llevaría por unos meses a vivir la experiencia de estudiar y trabajar en una universidad extranjera. Gratis.

“Felicidades Fabian!” – no entendía por qué una amiga me felicitaba por un mensaje instantáneo. “te vas a Estados Unidos!” – esa frase me dejó helado. Podía ser posible de que hubiese obtenido la beca? Los postulantes eran los mejores alumnos de las mejores universidades del país, y ese mensaje estaba diciéndome que había conseguido, gracias a las recomendaciones de profesores y de mi desempeño en los años anteriores, de una beca que me llevaría gratis al otro lado del mundo. Era increíble. Increíble porque nunca fue mi objetivo sacrificar mi vida social por tener buenas calificaciones y sin embargo, fueron suficientes sacrificios para ser recompensado con una experiencia completamente nueva e increíble. Cuando supe una de mis mejores amigas estaba junto a mí. Fue quien me contuvo y me golpeó lo suficientemente fuerte para darme cuenta que no estaba soñando, que todo lo que estaba pasando era real. Me estaba pasando a mí, nuevamente era el protagonista de mi propia historia. Mi padre feliz, mi madre con un “por favor vuelve” como reflejo de su miedo a que no volviera, mis hermanas orgullosas de mí. Una de mis hermanas, abrazándome entre lágrimas me dice que está feliz de que todo el esfuerzo que todos en mi familia habían puesto en que yo llegara al lugar donde estaba, me llevara aún más lejos. Nuevamente el flashback que recorre toda mi vida y el hecho de que mi familia en ningún momento me limitó a conseguir mis sueños, fue lo que me hizo sentir el ser más afortunado del mundo.

El tiempo pasó veloz, ya sea por los constantes deberes que un estudiante de postgrado tiene que realizar o por la ansiedad de iniciar el viaje que me llevaría al otro lado del mundo. Los momentos surrealistas aparecen una y otra vez en mi vida, de la mano de sensaciones increíbles que vivo junto a personas increíbles que aparecen para apoyarme, para hacerme sentir especial. Historias de atardeceres, de paseos por la playa, de conversaciones eternas y de besos inesperados hacen que sienta que no hay mejor lugar ni momento en mi vida que aquí y ahora. Y sin darme cuenta, los meses pasaron tan rápido que ya estaba sentado en un avión hacia un lugar al que jamás había ido, con un idioma que tampoco era el que dominaba.

Lo que venía no dejaba de ser surrealista. Vivir una experiencia en otro país como la que estoy viviendo, es aún mejor cuando la gente a tu alrededor pareciese que esperaba por ti. Sentir que aunque no seas del lugar eres capaz de calzar e incluso compartir tus historias de vida como algo interesante de ser escuchado, me hace sentir aún más feliz. Siento que las mayores cualidades que cualquier persona puede tener para enfrentar al mundo es una sonrisa y una historia que contar. Ambas me han abierto un sinnúmero de experiencias hermosas a lo largo de toda la vida, y me han entregado la mejor de las disposiciones de toda la gente a mi alrededor. Y el mejor de los premios es cuando eres capaz de contagiar tu propia sonrisa a alguien más. Porque si bien sobran razones para ser feliz, hay momentos en las que una sola razón para estar triste es más fuerte. Todos sufrimos alguna vez, pero es en ese momento en el que puedes cosechar todas aquellas sonrisas que sembraste a lo largo de tu vida. Los momentos más tristes que he tenido han sido donde he conocido de verdad a la gente a mi alrededor, han sido los momentos más tristes los que me han traído cerca a los seres más especiales e importantes de mi vida.

Hace un día cumplí los veinticinco años. Miro hacia atrás y me doy cuenta de lo afortunado que he sido. Me dan ganas de decir un gracias a cada una de las personas que ha dejado alguna marca en mi vida, ya que lo que actualmente soy es la suma de todas las cosas que he vivido en todo este tiempo. Es la suma de todas las experiencias que he compartido con un montón de gente especial e irrepetible. Soy afortunado en todos los sentidos, y me hace sentir feliz que todas las escenas surrealistas que he tenido en mi vida, fueron jamás siquiera imaginadas. Y si jamás fueron imaginadas, quiere decir que aún hay más escenas surrealistas esperando por ser vividas. Tengo todas las ganas de hacer de mi vida aquello que yo deseo hacer de ella. No dejarme vencer por mis miedos ni por mis debilidades. Y si tengo que sufrir una y mil veces por conseguir un objetivo, lo aguantaré con la esperanza de que al final todo se explica, todo se justifica. Si todo lo que he sufrido ha sido necesario para estar aquí, escribiendo este texto en un tren de medianoche que se encuentra cruzando media California, estoy seguro que lo viviría una y mil veces.

Gracias por hacer que estos 25 años hayan sido tan surrealistas, tan felices. Me siento demasiado afortunado de cada una de las personas que ha pasado en mi vida y ha dejado un recuerdo en mí.