¿En qué momentos te sientes verdaderamente libre? Así partió una pregunta hace unos días atrás. Lo que parecía un comentario que no pasaría más allá de una conversación por chat, se quedó dando vueltas por varios días.

Muchas veces he escuchado, casi como frase cliché, que el tratar de definir al amor “es querer limitar algo que no tiene límites”. No es muy esperanzador entonces tratar de definir la libertad, puesto que padece del mismo problema: tratar de definir algo que tiene tantas diferentes interpretaciones como seres conscientes en este mundo, no es más que limitar al concepto en sí mismo. Pero vayamos por las ramas.

Seres conscientes. Aunque suene un poco extraño, creo que es el primer paso para llegar a sentir lo que es la libertad. Y es que todo parte por tener una concepción de quiénes somos y donde estamos insertos en este mundo. El que nuestros cerebros se hayan desarrollado más allá que del resto de los mamíferos en la capacidad de reconocer patrones e interconectar conceptos nos hicieron, a los humanos como especie, ser los primeros en tener una concepción sobre la trascendencia y lo que significaba la autorreflexión. El poseer un modelo de uno mismo, el tener consciencia de tus capacidades a un nivel tal de que eres capaz de llevar a cabo simulaciones de tu propio funcionamiento y decisiones, fue el gran paso evolutivo que nos lleva a lo que somos hoy. Sin embargo, ese fue el preciso instante en el que comenzamos a volvernos cada vez más y más presos de nuestros propios pensamientos. Surgieron ideas, conceptos como la trascendencia, la muerte, el amor y claro, la libertad, que han sido usados y rehusados un sinnúmero de ocasiones con el fin de justificar los más nobles o los más sucios objetivos. En algún momento de nuestras vidas, para ser precio durante la primera infancia, somos potencialidad pura al poder absorber prácticamente todo tipo de conocimiento. Sin embargo, en cierto momento llega aquella sensación consciente de que existes, de que eres un ser que piensa, y que por alguna razón mística estás aquí. Si bien la mayoría de la gente puede vivir con ese peso de manera transparente, muchos otros lo usaron como excusa para estudiar y estudiar, elaboraron ejercicios del pensamiento, teorías, incluso llegando a influir a otros; sus corrientes de pensamiento son legado que hasta ahora son estudiados en colegios y universidades. Y así, cada vez hemos sumado más y más conocimiento a la humanidad, a la vez que la gente cada vez huye más y más de ellos. Viviendo en un mundo donde se cree que la “ignorancia da la felicidad”, el simplificar y el banalizar la mayoría de las actividades diarias nos está llevando a una realidad donde cada vez existe un vacío más y más grande. Lo peor de todo, es que se ha comenzado a cubrir con actividades placebo que no hacen más que ocultar el problema de raíz. ¿Y cuál sería ese problema? Según mi punto de vista, consiste en el rechazar aquella capacidad de razonar sobre el uno mismo, y en preferir atarse a las convenciones sociales con el fin de escapar de los miedos, incertidumbres y claro, soledad.

En algunas sociedades más que en otras, la gente se ha vuelto esclava de convenciones sociales. Todos tenemos una realidad que nos rodea donde podemos encontrar a este tipo de gente: nunca quedan mal con nadie, siempre parecen hacer “lo típico”, son fácilmente predecibles y con relatos casi de libreto. Castigan la diferencia, premian la uniformidad, la normalidad. ¿Es acaso esa gente libre? No lo sé. Y digo que no lo sé porque aunque pareciera que son esclavos de la sociedad, el que estén usando de su derecho más básico, el de libre albedrío, están haciendo de su decisión igualmente válida. En ese sentido, todos seríamos libres. Pero, ¿Por qué entonces me parece que esas personas no lo son? Lamentablemente, y al igual que el amor, el entregar una definición sobre la libertad es también limitar el concepto a mi propia visión egocéntrica del universo. Por desgracia, mis ojos y mis pensamientos son los que he tenido desde que nací, y probablemente serán los mismos con los que moriré. Los recuerdos que me acompañan y este punto de vista son intransferibles, por lo que es sólo gracias a mi propio acto de razonar sobre el mundo es que existe para mí una concepción sobre la presencia o la ausencia de libertad. Existen algunas convenciones, como es de esperarse. El no poder hacer lo que se desee hacer, es estar privado de libertad. El estar sometido a la voluntad de alguien más, también es signo de privación de libertad, y así otros ejemplos. Pero entonces, ¿No es acaso aquel hombre infiel, o aquel déspota dictador, los seres más libres del mundo? No lo sé. Y es que, de una u otra forma, llevamos en nuestro propio código genético un montón de información que nos hace ser esclavos de nuestros propios impulsos, y así sobrevivir. Ya sea excitación, hambre, miedo, todos son controlados a un nivel impulsivo donde nadie tiene control (de lo contrario podríamos controlar nuestros latidos del corazón – aunque existe gente que asegura poder hacerlo).

Y entonces, ¿en qué momento se puede ser realmente libre, si a final de cuentas, la paradoja máxima es que siempre serás esclavo de tu propio sistema impulsivo de sobrevivencia? La reducción a la nada es la solución que algunas personas consideran. El suicidio lo encuentran como máxima expresión de liberación. Prefiero optar una visión más optimista, y prefiero ver el caso de los bebés recién nacidos, quienes sin conocer aún el concepto de libertad, son los seres más libres del mundo. Los animales también están desprovistos de aquella discusión sobre la libertad. Sus acciones serán impulsadas por su instinto de sobrevivencia más que por estar conscientes de que están limitados. Los animales no meditan sobre qué tan libres son, y eso les hace infinitamente libres.

Hasta ahora ni siquiera he podido definir en qué consiste la libertad. Pero al igual que el amor, es algo que se puede sentir. La sensación de libertad es algo que sí se puede sentir, y básicamente su sensación está ligada a satisfacer tus propios deseos individuales. En lo personal, está ligado a escapar de las convenciones sociales voluntariamente en caso de que se contrapongan a mis convenciones personales. Me hace sentir libre el poder escuchar lo que deseo, el poder vestir lo que me gusta, el poder hablarle a quien deseo. Me hace sentir libre el poder escribir esto, el poder reír o llorar, el poder sentir placer con cosas sencillas. Me hace sentir libre el poder decir no, no sé, me he equivocado. El sentir el pasto en los pies, el olor a tierra mojada, el sonido de los grillos (o aquel inolvidable sonido de cigarras). Quizás nunca podré ser realmente libre, pero sin embargo, en esos breves momentos, puedo sentir que el mundo es sólo mío.